La violencia no es un mal irremediable. Es posible generar un ambiente cálido y respetuoso en la familia cuando sus miembros se desarrollan libres de agresiones físicas, verbales o sexuales.
Cuando hablamos de violencia contra la mujer, solemos enfocarnos a ella: lo que ella siente, los tratamientos, la prevención, la importancia del autoestima, del autocuidado, la importancia de las denuncias. Pero a veces nos olvidamos que quienes ejercen la violencia, son hombres dañados, que muchas veces han sufrido ellos mismos la violencia y han visto como sus padres golpeaban a sus madres. Entonces, para frenar el círculo de la violencia, es muy importante considerar también a los agresores.
Dicen que el que nace chicharra muere cantando, y que el agresor siempre lo será. Pero desde la Orientación, y siguiendo un enfoque humanista, se piensa en lo posible (sin dejar de ser realistas por supuesto), quizá muchos de esos hombres en realidad no son malos, sino enfermos. Conductas aprendidas, aprendizaje por imitación, familias disfuncionales, niñez abandonada, factore de riesgo como el alcoholismo, la drogadicción, entre otros. Sumado todo esto a una hipervaloración de la violencia; de juegos que son muchas veces violentos, de tratar mal a la gente en la calle.
Son muchas las causas que puedan determinar estas conductas. Muchas las consecuencias a las que se pueden llegar; lo que desde esta perspectiva se puede ofrecer es un tipo de intervención remedial, que si bien es cierto "el mal esta hecho", promoverá un stop para que siga sucediendo y para prevenir que muchos mas tomen la violencia como parte de su día a día.
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